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viernes, 14 de abril de 2017

Diario de un trastorno de ansiedad

No todo se muestra, no todo se percibe. Solo los grandes observadores de tu vida hallarán los pequeños detalles que marcan la diferencia.

Indefensa ante la vida, donde se prefiere llorar antes que ver llorar a otros. Donde mucho es lo que se calla y poco es lo que se dice. Hasta que llega la gota que colma el vaso, y la locura se desata.

Esas eran las noches en las que el corazón lloraba, notando la ausencia de alguien que lo rescatara. Sin embargo, lo hacía oculto entre las sombras para no causar el dolor en los demás.

Llegaba a un estado en el que cada inspiración resultaba punzante. Respirar dolía, respirar agotaba. Pareciera que cientos de cuchillos apuñalaban mi pecho mientras la angustia se hacía con cualquier pensamiento racional.
En la cabeza se sentía que todo daba vueltas, la presión y los constantes pinchazos se volvían insoportables.La vista quedaba nublada a la vez que las lágrimas eran ya incontrolables.


Soledad.

Entre 4 paredes, a oscuras, que parecieran estrecharse cada vez más. Donde no había lugar a ningún pensamiento, solo sufrimiento.
Ya no quedaban fuerzas ni para mantenerse de pie. Tumbada sobre la cama los temblores se hacían, de manera inminente, con mi cuerpo y los escalofríos lo recorrían entero.

Todo se había vuelto demasiado insoportable y el cuerpo decidió que ya era hora de dormir. Pero, ojalá todo fuera tan sencillo como dormirse y que el sufrimiento desapareciera.
En unos sueños donde todo parece más real que sueño...entre las paredes las sombras se mueven y los sonidos de la calle se vuelven más agudos y tenebrosos. Quería convencerme de que todo era un sueño, que podría despertar y nada sería real. Hasta que una figura oscura, de ojos blanquecinos y penetrantes me sorprende al borde de la cama. Se corta la respiración. Quiero gritar, quiero moverme, apartarlo o alejarme pero, no puedo, es imposible, mi cuerpo no reacciona, estoy totalmente paralizada. A penas puedo respirar y noto cómo el oxígeno desaparece poco a poco de mi cuerpo. Por medio minuto, ante mis ojos, esa criatura oscura crece en tamaño volviéndose cada vez más horrorosa. 


De pronto siento un pequeño hormigueo en los dedos de los pies, lo que me da la oportunidad de saber que pronto podré moverme. Justo pareciera que ese demonio se diese cuenta de lo que iba a suceder y se acercaba lentamente a mí, acelerando mis pulsaciones, de repente mostrando unos dientes grandes y afilados. Su cara se encontraba a pocos centímetros de la mía. Entonces...abro la boca para gritar pero, ningún sonido se produce desde mi garganta. No ahuyenté a esa bestia. Sus ojos se volvieron brillantes y cuando parecía que se disolvía, en realidad, entró por mi boca. Una lágrima caía por el ojo izquierdo para así al fin despertar agitada y desesperada de una de esas pesadillas que ya tan familiares se me hacían.


A la vista del sufrimiento tanto en vida como en sueño solo cabía preguntarme

¿y si el monstruo era yo?

miércoles, 8 de marzo de 2017

Noche de pesadillas

Entre vuelta y vuelta, encogida por el frío, toda una noche sin poder dormir, con la persiana completamente bajada ni una gota de luz se colaba por la ventana. Las paredes, aunque amarilla, entre tanta oscuridad se veían negras. El silencio se encontraba sepulcral, nadie hacía ruido, ni un solo ronquido, todos permanecían dormidos, excepto yo.

Mirando fijamente al interruptor de la luz que hay en la pared, veo cómo empiezan a ondear líneas de colores fucsia, rojo y verde que crecen, como si estuvieran trepando, para llegar al techo. Incrédula, parpadeé fuertemente los ojos. Al abrirlos esas líneas serpenteantes habían desaparecido, extraña de mí solo pensé que una vez más mi imaginación y la falta de sueño me habían jugado una mala pasada. Para no pensar más en ello pienso que lo mejor es girarse hacia el otro lado. Mantengo los ojos cerrados, no por mucho tiempo, intentando conciliar el sueño. Al abrirlos noto cómo una sombra se mueve por la habitación. No puedo hacer más que abrir los ojos a la vez que mi respiración se vuelve agitada. Trato de pensar que de nuevo, entre tanta oscuridad, se trata de algo simple de mi imaginación. De pronto, se escucha suavemente cómo una puerta se abre. Sin embargo, ninguna luz se enciende ni se escucha ningún paso. Prestando más atención, noto una suave brisa chocando en mi cara, ante esto intento ver si la ventana está abierta. Pero descubro que no puedo moverme, estoy totalmente paralizada. Altamente angustiada mi respiración se vuelve cada vez más agitada. Centrada en intentar moverme, veo parcialmente la silueta de una mano subir desde el suelo. Cada vez puedo respirar menos, y lo único que puedo mover son mis ojos. De repente un fuerte olor a incienso inunda la habitación. Nerviosamente mantengo la mirada fija en la mano, que poco a poco se va acercando cada vez más y más a mí. Sube lentamente por mi brazo, casi imperceptible al tacto, hasta llegar a mi hombro, donde se detiene por unos segundos. Definitivamente, se corta mi respiración, ya no puedo inhalar ni exhalar. Parpadeo y al borde de mi cama veo una cara. Aunque está totalmente oscuro su cara parece tener una leve luz propia y consigo verla en tonos grisáceos. Tiene aspecto de anciana con varias arrugas en la frente, los ojos y cerca de la boca. Lleva el pelo suelto y rizado, camuflándose este con un velo como el que llevan las novias, con la particularidad de que este es totalmente negro. Por unos instantes nos miramos a los ojos, entonces me sonríe con maldad en su mirada. Las lágrimas están a punto de brotar a mis ojos y al mismo tiempo noto cómo mi cuerpo pide desesperadamente oxígeno.

Un parpadeo hace que todo desaparezca y por un breve instante puedo volver a respirar pero, al siguiente parpadeo…su cara está a centímetros de la mía, me sujeta el cuello sintiéndose un gran cosquilleo, como si algo me invadiera por dentro. Intento moverme pero nada funciona hasta que al fin algo me da esperanzas, puedo mover los dedos de los pies. En lo que mi cerebro procesa que necesita moverse la anciana comienza a gesticular palabras que no entiendo, acercándose poco a poco a mí. Cuando su nariz rozó la mía, conseguí mover mi brazo derecho seguido de un grito de desesperación. Pero ella desapareció.

Al siguiente parpadeo todo estaba como al principio, estaba prácticamente asfixiándome. Me senté en la cama, encendí la luz, mirando a todas partes todo estaba normal. Busco mi móvil debajo de la almohada y veo que solo han pasado 20 minutos desde la última vez que lo miré. Totalmente confusa pensé ¿Cómo es posible que hayan pasado tan solo unos pocos minutos? De repente, noté esa brisa que me era tan familiar, esta vez en el cuello, como si alguien soplara suavemente hacia mi nuca. A punto de llorar y prácticamente temblando me giré pero, no encontré nada. Aliviada exhalé cerrando los ojos y llegando a marearme un poco. Aún se me dificultaba la respiración.

Esa noche no pude volver a dormir. Hasta las 6 de la mañana, que mis ojos vieron la luz natural del día, no me pude sentir en paz conmigo misma. Por fin pensé que con los rayos de sol invadiendo mi habitación todo mal o cualquier tipo de imaginación negativa se desvanecería.


Ilusa de mí, quise creer demasiado en esa idea…

martes, 14 de febrero de 2017

¿Depresión o antidepresión?

Hay veces que simplemente no sabes cómo continuar, cuál es el camino correcto...qué debo escoger. La confusión resulta un camino duro. Mientras vago por el bosque perdido de la soledad, en la oscuridad que ataña la noche. El desquicie y el desenfreno llegan a mi mente. Pero qué implica eso, qué quiero decir exactamente. Ni yo misma lo sé.

Las ganas de escapar son inmensas, las noches entre llantos se convierten en mi rutina del día a día, así mes tras mes. Por fuera no se ve, siempre hay una sonrisa que todo lo oculta. Pero realmente no sabes qué hacer. Llega un momento en el que me siento atrapada entre 4 cuatro paredes, aún estando al aire libre. Ni si quiera el frescor de la noche o la luz de la mañana calman mi sentimiento de culpabilidad.

Me siento irritable, pero no protesto, todo me lo guardo dentro. Mi corazón y mi cerebro están cansados de tanta discusión. Lo que debería ser dulce se vuelve amargo. Ni el espesor del chocolate es capaz de sacar en mí una sonrisa verdadera. Llega ese momento en el que te planteas por qué esto a mí, por qué ahora, qué he hecho. Todo parecen preguntas sin respuesta, nadie va a venir y te va dar la solución, ni te va a decir exactamente lo que quieres escuchar. Crees que todo es culpa tuya, incluso la más mínima tontería. Desde la cama, con todo a oscuras y con olor a encerrado, tu cerebro grita ¡libérate! Pero el temor al cambio es más grande, más bien, el temor al fracaso. Nos da miedo pedir auxilio. Es más fácil fingir que todo está bien mientras tú te pudres por dentro.

Nadie tiene la llave de escape a tu sufrimiento. Ni si quiera esos libros que te dicen que debes estar bien, ni esos vídeos de youtube donde te dicen que la vida es maravillosa. No lo es, todos mienten. La vida en sí no es maravillosa, la vida es como tú la quieras ver. Desde mi experiencia trato de llegar a la salida, a la clave, la solución que de con todo. Tengo mejores días que otros, no soy muy fan de las pastillas, ni si quiera creo que me estén causando efecto alguno. Simplemente trato de mantener la mente positiva. Sé que esto es difícil, sobre todo cuando parece que hay más días malos que buenos. Lo que  a mí me funciona es recordar que tengo a gente a mi alrededor que se preocupa por mí. Pero créanme, no todos son así, incluso en mi propia casa (qué dura la vida universitaria).

Son muchas las veces en las que me siento culpable por cosas en las que en realidad no tengo nada que ver. A veces, el sentimiento de impotencia puede conmigo, esas ganas de querer arreglar al mundo. Pero la realidad es otra cuando encuentras a un mundo para el que ni si quiera existes. Por eso hay que trazarse metas realistas, cosas a corto plazo como simplemente cambiar tu habitación. Esto me parece un ejemplo bastante realista.
No digo que no haya que soñar a lo grande, siempre hay que hacerlo. Pero si de verdad quieres conseguirlo, piensa en cómo lo harías, qué harías para conseguirlo. En definitiva, los medios y no el fin.

Es curioso cómo siempre empiezo de manera negativista y después me autoconsuelo. Pero si no lo hago yo, quién lo hará. No puedo depender de nadie emocionalmente, diría que no puedo depender de nadie así en general, pero vaya, no es que yo me gane la vida por mí misma, son mis padres los que me pagan todo. Aunque esta no es la cuestión.

Muchas veces aunque nos sintamos en lo peor, sin salida, que no hemos podido caer más bajo…y aquí va una frase súper copiada (por favor, no se me tenga como plagiadora) lo bueno de estar en el fondo es que solo se puede ir hacia arriba.


No sé si todo esto sirva para algo o alguien, al menos a mí escribirlo me ha servido para mí misma; así que supongo que esto es un avance. Me gustaría decir que si hay alguien triste leyendo esto, que no lo esté (lo sé, a mí me dicen esto y lo que hago es tirarle lo primero que encuentre a mano). En verdad, la tristeza no es tan mala como se pinta, lo único es que hay que saber que todo va en su momento y no hay necesidad de prolongar los malos momentos. Siempre hay algo o alguien que nos querrá ver sonriendo ahí fuera, si por lo menos no lo hacemos por nosotros mismos, por lo menos deberíamos intentarlo por quienes nos quieren y se preocupan de verdad. Pero por los de verdad, de verdad, no esos que solo están para lo bonito y contando chistes. No, por quienes sabes que puedes contar para todo. Seguramente la persona en la que estás pensando al leer esto, es de las que más te importan. Así que, dale la oportunidad de verte bien, pero de verdad.