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viernes, 16 de septiembre de 2016

1 día y 2 noches para toda la vida

Hacía mucho que no sentía esa cosa tan agradable que muchos llaman felicidad. Pero, para ver el arcoíris primero ha de llover.
No será tarea fácil borrar de mi recuerdo esos momentos que fueron el comienzo de algo nuevo.
Esos días la libertad corría por mis venas y lo único que pedía mi cuerpo era que le diera energía para seguir viviendo.

Viernes noche: las bachatas y las salsas se hacían dueñas del lugar, mientras la bebida no dejaba de llegar a mis manos. Aunque sinceramente, yo solo quería bailar, solo quería ser yo y olvidar todo lo que quedaba atrás.
Lo cierto es que te había visto varias veces esa noche, pero siendo que no es lo mismo ver que observar no fui consciente de ello hasta recordarlo días después.
Por un momento todo era borroso, mis pensamientos sonaban más fuerte que la música en mi cabeza. Y de repente todo se disipó, volví a escuchar la música y te veía nítidamente enfrente de mí. Ni corta ni perezosa acepté tu propuesta de baile con una gran sonrisa.

Aquí surgieron las primeras palabras, junto a los primeros pasos de baile. Asimismo aparecieron las primeras de muchas risas. Unas cuantas canciones bastaron para saber que no dejarías que me volviera a sentar sola.

Sábado noche: te miro y como una adolescente enamorada, las ganas de darte un beso se hacen irresistibles. No sé si dormías de verdad o no, solo sé que me habría quedado toda la noche mirándote. Rato después, las risas se extendieron hasta la madrugada, así como los besos y las caricias. Resulta raro recordarlo, estando a tantos kilómetros de ti, pero a lo largo de la noche tenía un pensamiento que se había vuelto permanente ¿Cómo puede ser esto tan romántico? A parte de eso, había algo en mi interior que me decía que había algo especial, no podía describirlo, pero yo sabía que era especial.
Los ojos son el espejo del alma y cada vez que nos mirábamos desnudabas mi alma, provocando así nerviosismo y timidez en mí. Cada beso, provocaba un cosquilleo a mi sentir. Cada sonrisa, era una ventana que iluminaba con fuerza haciendo que la oscuridad desapareciera.

Domingo al medio día: me giro y me encuentro con tu mirada; torpemente lo único que consigo hacer es sonreír, sonrojarme y huir. Las despedidas no son fáciles, no fue fácil ver cerrar la puerta del taxi y así despedirme del mejor fin de semana de mi vida.

Gracias por compartir un pedacito de tu vida conmigo, por hacerme reír, por esas charlas que se alargan hasta la madrugada, gracias por sacarme a bailar.


Te quiero.