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jueves, 4 de junio de 2015

Relato de una guerra

    Abro los ojos y me doy cuenta de que la luz del sol ya ha invadido la habitación. Un día caluroso de verano, se avecina. Siento que me pesan las ojos, algún día tendré que deshacerme de este viejo colchón lleno de chinches. Pero eso no es lo único que me ha tenido en vela toda la noche, las pesadillas siguen presentes noche a noche, esa maldita guerra. Todavía siento escalofríos por esos recuerdos que tienen la fuerza del presente.

    En un flashback puedo ver cómo se llevaron a mi padre. Minutos antes de su marcha envolvió mi cara entre sus manos, mi corazón latía con fuerza, pues no entendía por qué mi padre nos abandonaba. Entre lágrimas y tartamudeos suplicaba por que no se fuera. Cuando consiguió tranquilizarme limpió las lágrimas de mis mejillas, acto seguido me miró a los ojos y prometió que volvería. Pero nunca lo hizo.

    Poco después fue mi madre. Ella estaba en el salón de casa tejiendo y mientras, a su lado yo jugaba con los hilos. Me gustaba jugar a hacer formas, a pesar de que mi madre me repitiera una y otra vez que los hilos no son juguetes. Y yo le replicaba que no teníamos ningún juguete. Nuestra última discusión, en la que tampoco estábamos muy enfadadas. Pues nos reíamos de las formas (deformes) que yo conseguía con los hilos. Se escuchó a alguien golpear la puerta y en un pestañeo unos hombres de piel pálida entraron hablando una lengua extranjera. Todos tendrían la edad de mi madre, unos 30 años. Me di cuenta de cómo uno de ellos se fijó en mi madre, en un gesto rápido y enérgico la cogió por la cintura y la cargó en su hombro llevándosela a una de las habitaciones. En ese momento mi expresión no era otra que la de sorpresa. No veía lo que sucedía ahí dentro, porque el hombre cerró la puerta. Sin dejar de mirar la puerta de la habitación solo escuchaba que los hombres que se quedaron fuera hablaban rápido, con cierto tono de desesperación. Al minuto, o menos, unos gritos desgarradores se escucharon en toda la casa. ¡Mamá! Como si fuera una señal los demás hombres empezaron a destrozar la casa, el suelo, los pocos muebles, todo, quedó a pedazos. No hicieron falta más de dos minutos, al paso de ese tiempo ya no había gritos. Yo estaba estática en un rincón echa una bolita, creyendo que así no me verían. Hubo un momento en el que vi a uno de mis hermanos asomarse por la puerta de la otra habitación e intenté hacerle señas de que se escondieran sin que los hombres me vieran.

    De repente sentí que había demasiado silencio, de los 5 hombres que había solo se quedó uno. Estaba de pie, a unos 5 pasos, mirándome directamente a los ojos. Cuando lo escuché ¡Bum! Fue como si la sangre se me hubiera congelado, mis ojos se abrieron tanto que me dolían. Sin embargo, el hombre ni se inmutó y continuó con su vista fija en mí, hasta que la puerta de la habtiación en la que se metió su compañero con mi madre se abrió. Una sonrisa de victoria salía de esa habitación con ropa llena de un líquido rojo. Pero no salió él solo, con la mano izquierda arrastraba a mi madre que tenía un enorme agujero en la sien. El hombre que me miraba se le acercó y el que llevaba a mi madre me miró de reojo para después señalarme con el dedo. Mientras él salía con el cuerpo de mi madre, ahora en brazos, el otro permaneció, se giró en mi dirección y una sonrisa pícara apareció en mi interior. En lo que para mí fueron milésimas de segundo ya estaba a mi lado y con un golpe mi cabeza retumbó en el suelo, intenté levantarme pero un inmenso dolor se propagó no solo por mi cabeza, sino por todo mi cuerpo. Aprovechó mi incapacidad para moverme y me movió para que mirara al techo, una vez es esa posición, me arrancó toda mi ropa. Pronto un dolor atroz se hizo con todo mi cuerpo, no lo pude soportar y me desmayé.
Pasaron 2 horas para que me despertara, cuando lo hice estaba rodeada de médicos y ¿militares? los primeros minutos fueron confusos, pero escuché claramente que hablaban de una guerra "sigilosa".

Semanas después el país estaba en guerra de manera oficial, por así decirlo, y en ese momento me di cuenta del por qué de los acontecimientos anteriores.

No volví a ver a mis hermanos, tampoco llegué a saber qué fue de ellos.

Fin del flashback

    Diez años después, vivo sola con mi hija.
El único trauma que me quedó es que no se me podían acercar hombres jóvenes. Cada vez que tengo estos recuerdos, que son casimente a diario, mi corazón se acelera y mi cara se ve inundada por las lágrimas. Trato de recordarme a mí misma, que solo es el pasado y ahora no debo dedicarle mucho tiempo a recordar, he de cuidar de mi niña. Me levanté de la cama, abrí la ventana y en seguida una peste a campo recorría la habitación a sus anchas. Pero no fue en eso en lo que me quedé pensando. A lo lejos consigo divisar lo que me parecen unos aviones militares. Una oleada de gritos se empezaron a escuchar desde lejos. Instintivamente corrí a por mi hija y nos escondimos en una especie de cueva que excavé en la casa, en la cual habían algunos alimentos y agua. Kimara cree que se trata de un juego y yo le sigo la corriente, porque no quiero que lo pase mal. Y aunque en mi cara se pueda ver una sonrisa, mis pensamientos son todo lo contrario a felicidad, porque sabía que los aviones y los gritos avecinaban otra guerra.

¿Cúando acabará tanto dolor?