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lunes, 14 de diciembre de 2015

A las puertas de la libertad

Segunda parte de Huída hacia la libertad

Los ladridos de los perros se hicieron más sonoros. Se sienten cada vez más las balas chocar a nuestro alrededor contra los árboles. Ante nuestros ojos el bosque parece haberse hecho más frondoso, las raíces de los árboles parecen no querer colaborar. El viento que hace unos segundos sentía sobre mi cara desaparece, en su lugar hay barro. Estoy en el suelo, pero he de hacer un último esfuerzo. Luisa, que se acaba de dar cuenta de mi caída intenta retroceder, pero una bala que pasaba cercana a ella la desconcierta haciéndole perder el equilibrio y chocándose contra el árbol que hay a su derecha. Entre tanto yo ya estoy medio levantada y sin pensarlo dos veces continúo a mi carrera. Aunque mi velocidad se ve algo afectada por la herida que me acabo de hacer en la rodilla, en pocos pasos tengo a Luisa al lado y la cojo por el brazo izquierdo. Su mirada refleja terror y desesperanza. Lo que me provoca gritarle- ¡No podemos rendirnos, ya queda muy poco! Parece recobrar su fe puesto que ahora corre como un demonio.

Y por fin, estamos en la verja. Una aterradora verja que amenazaba con estar electrificada. La adrenalina del momento no me deja pensar con claridad, pero no parece tener el mismo efecto sobre Luisa, a quien de repente veo correr hacia un árbol. Solo puedo reaccionar de una manera -¡Luisa, pero qué coño haces! Sin embargo, en cuanto veo que tiene una rama en la mano consigo comprender. Solo hago girar la cabeza para ver cómo la rama impacta contra la verja. No saltaron chispas ni ocurrió nada extraño, así que decidimos arriesgarnos y empezar a escalar. El frío se cala en nuestros huesos y la niebla antes espesa se disipa dejándonos en total desventaja. La verja helada provoca que nuestros dedos enrojezcan. Ya son unos 5 metros los que hemos escalado de 7, cuando de repente Luisa cae unos metros por debajo de mi. Por suerte, solo fueron un par de metros. Mirando hacia abajo, me doy cuenta de que los perros ya han llegado a la verja, por lo tanto los guardias no tardarán en llegar. No me he movido, pero para mi sorpresa Luisa tampoco.
-¡Luisa por el amor de Dios, muévete por favor!
+¡No puedo! (grita entre sollozos)
-Vamos Luisa, esto va a ser lo último, te lo prometo.

Mi expresión queda aliviada cuando veo que empieza a subir. Pero poco tiempo habría para algo de felicidad, ya que de pronto una bala choca contra la verja. Tenemos que darnos prisa. Una vez Luisa me da alcance avanzamos juntas. El sonido de los perros parece que retumba en mis oídos cada vez más fuerte haciendo que no logre escuchar mis propios pensamientos. Necesito parar, me sacudo la cabeza y vista queda al frente, entonces a través de los agujeros veo que se filtra algo de luz, no es una luz demasiado potente pero me da esperanzas y la fuerza necesaria para animarme a mí y a mi mejor amiga. Una bala que impacta sobre la verja me saca de mis pensamientos.
Luisa comienza a gritar: ¡Ya estamos, lo hemos logrado. Solo queda saltar! En pocos segundos estoy con ella, mi expresión de alegría me hace mirar el cielo negro. Demasiado negro, a lo lejos siento que la niebla se disipa ante mi durante un momento para permitirme ver por última vez la cárcel en la que viví.
+¡A qué esperas, tirémonos!
-Vamos a por ello (le digo sin dejar de mirar al horizonte que parece volver a nublarse)
Con una sonrisa me giro hacia ella y asiento con la cabeza, dando la señal para saltar. Primero salta ella, dirigiéndose a un árbol, al que por suerte consigue sostenerse. Y poco a poco desde la punta de la rama a la que está sujeta intenta acercarse al tronco. Sé que es mi turno, con poco resultado intento erguirme sin dejar de sujetarme. No me atrevo a mirar al suelo, y no puedo evitar hacer un pequeño rezo a Dios. Por fin decido lanzarme, el aire me da en la cara, nada me sujeta los pies, mis brazos se mueven libremente en el espacio. Los dos segundos que se está en el aire me parecen toda una eternidad, pero no es lo que más me preocupa. Estoy sujeta a la rama, lloro de felicidad me duele la pierna pero supongo que es por la caída anterior. Sin embargo los gritos de Luisa me hacen pensar que se trata de algo peor. Mientras avanzo lentamente hacia el tronco del árbol intento mirar qué le ocurre a mi pierna izquierda. Estoy sangrando. Miro al cielo que de forma extraña ya no está tan negro, siento los ojos cansados, sin poder evitarlo se me cierran haciéndome sentir que la cabeza me da vueltas, que aunque no esté viendo nada todo está girando a mi alrededor. Mis brazos se debilitan, mientras las astillas se me clavan entre las manos. Abro los ojos, caigo y escucho un grito que supongo que es de Luisa. Increíblemente el suelo está más cerca de lo que pensaba, ya que la caída duró muy poco tiempo y Luisa consiguió hacer mi caída menos dolorosa al cogerme con los brazos y caer encima de ella. Pero estamos bien, bueno, dentro de lo que cabe. A penas puedo levantarme, me duele demasiado la pierna. Luisa me coge por los hombros y me ayuda a hacerlo, en eso momento, agudizo mi oído para comprobar que nada se escucha, ni si quiera las criaturas nocturnas del bosque parecen querer estar presentes.
 
No sé qué hora será, pero empiezo a ver algo de claridad en el cielo, pronto amanecerá así que nos apresuramos en nuestro camino. Luisa me ayuda a caminar sosteniéndome el brazo, no puedo evitar girarme hacia ella y sonreírle. Al momento se gira hacia mí y me pregunta:
+¿Qué te pasa, por qué sonríes?
-Muchas gracias, sin ti esto no hubiera sido posible
+Te quiero…
-Yo también a ti amiga
+Venga cuanto más nos alejemos de aquí mejor
Tan pronto como ha aparecido se ha esfumado su sonrisa para mirar seriamente hacia el final inexistente del bosque. Tras unos 15 minutos caminando encontramos una cueva, nos miramos a los ojos para a continuación mirar a la vez la cueva y entre risas caminamos hacia ella. Es pequeña, pero al menos nos sirve para escondernos. Luisa me ha tumbado  y ahora está buscando una roca para que yo pueda apoyar la pierna y dejarla en alto. Cuando llega trae consigo unas cuantas ramas, una de ellas con una pequeña luz en la punta.
-¿Quieres que te ayude?
+No, tú descansa
+Gracias Luisa, eres la mejor
-No, esa eres tú. Me dice mientras termina de colocar las ramas en la entrada de la cueva, consiguiendo encender un pequeño fuego. Seguidamente con una sonrisa se acerca a mí y delicadamente coloca mi pierna herida encima de la roca. Se sienta a mi lado mirando a la nada. Cierro los ojos y siento pinchazos en la cabeza, pero el cansancio es mayor. Abro los ojos para descubrir a Luisa a unos centímetros de mí mirándome fijamente…

Continuará...