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jueves, 1 de octubre de 2015

Huída hacia la libertad

Simplemente no sabía que la felicidad sentase tan bien. Reír, saltar sin temor a las posibles represalias.
Cruzamos la verja que significaría nuestra libertad. Pero antes de eso…

Ya son las dos de la mañana, tras un largo día picando piedras era difícil mantenerse despierta, pero ver cómo mi compañera resiste, hace que me esfuerce más. Estamos vestidas con un mono negro, viejo y sucio. En nuestra habitación somos más de 200 chicas, sin derecho a privacidad, sin derecho a opinión, sin derecho a nada. Ninguna sabe por qué están aquí, ni recuerdan nada de su infancia o vida anterior a esto. Aunque se rumorea que hubo una chica que lo averiguó todo, contó a las demás el secreto, e intentó luchar por salir de aquí. Encontró una manera de escapar, el bosque, el cual llevaba a una altísima verja que nos separaba del mundo exterior. Pero la descubrieron, tras lo que pareció una cacería en  el bosque la capturaron y torturaron hasta la muerte. Dicen que echaron su cadáver al bosque para que fuera comida por los animales que lo habitaban.

El plano con el que había trazado su ruta de escapada lo encontramos hacía un tiempo en una de las cisternas del baño, y lo mantuvimos oculto. Ahora, lo tenemos en nuestras manos revisándolo una y otra vez para no cometer ningún error. Sí, hemos descubierto todo el mal que ataña a este lugar y sabiendo todo esto, no podemos permanecer aquí. Seguiremos los pasos de aquella chica, intentando evitar sus errores. Ella fue la única que intentó escapar y tras saber lo que ocurrió después lo jefes no creerían necesario poner más seguridad, al menos tenemos esa esperanza, además eso ocurrió hace 15 años.


Minutos previos a nuestra escapada, no sé si hubiera preferido seguir siendo una ignorante y no pasar por todo esto.
Hacía una semana, Luisa y yo nos habíamos saltado el horario de la cena, de camino a nuestra habitación para que no nos pillaran tuvimos que escapar por uno de los pasillos prohibidos. La intriga enseguida se hizo con nosotras, dotándonos de la valentía suficiente para entrar por una de las más de 20 puertas que había en ese largo pasillo.
Sinceramente, esperábamos un lugar lleno de artefactos tecnológicos o armas. Sin embargo, para nuestra sorpresa lo único que llenaba esa habitación de unos 20 metros cuadrados era un ordenador cuya pantalla medía 52 pulgadas. No podíamos marcharnos de allí, sin curiosear aunque sea un poco, así que nos dispusimos a averiguar qué habría en ese ordenador. Luisa movió el ratón y la pantalla gigante se iluminó mostrando lo que parecía ser una base de datos de todas las habitantes de este lugar. Boquiabiertas no podíamos articular palabra pero nuestras miradas parecían comunicarse perfectamente, puesto que en seguida Luisa comenzó a teclear nuestros nombres. Y ahí estaba todo nuestro "historial", nuestra vida anterior, cómo y por qué fuimos reclutadas en este campo de tortura y trabajo. Teníamos madre, padre, hermanos… Habíamos sido capturadas por una organización criminal, que trabajaba para crear caos en el mundo, continuas guerras y conflictos, una fábrica de asesinos. Y pronto nos tocaría a Luisa y a mí dar el paso mayor, nos implantarían un chip con el que controlarían nuestra voluntad. Ventaja: saldríamos de esta cárcel, desventaja: seríamos asesinas en serie no conscientes de nuestros actos.

El reloj del techo marcaba las 2:07, en tres minutos tocaría el cambio de guardia, teníamos 1 minuto para recorrer 4 pasillos diferentes para llegar a la puerta que llevaba al patio.
Las 2:10, el pasillo está oscuro y desolado, así que nos decidimos a avanzar. Nos deslizamos haciendo el menor ruido posible, parece que ya ha pasado el minuto porque se escucha a los nuevos guardias acercarse. Sin más remedio, nos escondemos en una de las habitaciones. En esta había cientos de cajas, pero no es hora de ponerse a observar el lugar, nuestra única preocupación es afinar el oído. Cuando sentimos que ya han pasado trato de abrir la puerta lentamente. Despejado, así que continuamos nuestra ruta.

Una vez en el patio, escalamos el muro que nos separa del bosque. Gracias a unas cuerdas y las ramas de los árboles que sobresalían logramos pasar al otro lado. Pero ahora viene la parte difícil, ante nosotras se presenta lo que parece un inmenso bosque sumergido en una oscuridad absoluta, que ni la Luna podía alumbrar. Una suave niebla recorre la parte baja y a pesar del frío continuamos. Empezamos a caminar, a penas han sido 50 metros y de pronto una fuerte alarma suena en el patio, nos giramos y vemos cómo los potentes focos iluminan el patio y el edificio. No tardamos en escuchar perros, sonidos de cadenas… Dejamos de mirar atrás para mirarnos a los ojos, cualquier expresión de alegría que podríamos haber tenido se habían  esfumado. Seguidamente miramos hacia el frente y parecía que nuestro futuro se decidiría en un recorrido campo a través. Nuestros instintos nos indicaban que sufriríamos la peor carrera de nuestras vida, pero por la libertad, merecía la pena todo el riesgo que estábamos pasando.
Poco después de comenzar la carrera, miré atrás para comprobar con mis propios ojos la peor de mis pesadillas, ahí estaban decenas de cretinos, algunos nos apuntaban con sus armas, entre ellas revólveres, metralletas y hasta escopetas. También hay unos 8 perros que velozmente nos están dando alcance.
Vuelvo a mirar al frente y solo puedo gritar: ¡corre Luisa, corre! Los ladridos de los perros cada vez son más cercanos junto con los sonidos de las balas intentando llegar a nosotras.
No sé de dónde sacamos las fuerzas pero corremos aún más rápido a pesar de nuestros continuos choques contra las ramas de los árboles. Lo único que sabemos es que al final saltaríamos la verja y todo habrá acabado. El problema es que no sabemos qué distancia nos queda para llegar hasta ella y si nuestros cuerpos soportarían toda esta tensión, el sufrimiento, el dolor.

Un bum, me saca de mis pensamientos. Temiéndome lo peor me giro hacia Luisa, sigue corriendo a mi lado, pero un hilo de sangre hace que salten en mí todas las alarmas. Una bala le había rozado la parte superior del brazo. De repente grita: ¡la verja, ahí está! Y efectivamente, a tan solo 500 metros. Nos miramos y la euforia se hizo con nosotras.