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martes, 4 de agosto de 2015

Una despedida

Estamos en un cuarto oscuro, los médicos dijeron que sería mejor que hubiera poca luz. No es una habitación muy grande, pero es suficiente para las dos.
Hoy ocupas el lugar que un día ocupé yo, sin embargo tú no volverás a levantarte de esta cama. Miro tu mano que se aferra fuertemente a la mía, percatándome del ligero olor a canela que recorre la habitación y tan buenos recuerdos de mi infancia me evoca. Vistes una bata rosa del algodón más suave que haya podido tocar, como siempre te ha gustado.


Ojalá pudieras darte cuenta de lo que ocurre. Sigues con los ojos cerrados mientras la respiración se vuelve cada vez más pesada. Pensativa me giro hacia la derecha para observar con detenimiento los cuadros, colgados sobre la blanca pared. Hay muchas fotos nuestras, juntas, separadas, con más miembros de la familia… ¡Fueron buenos tiempos! (Pienso con cierto tono de amargura). Por ese entonces tú cuidabas de mí. No puedo evitar derramar una lágrima al recordar que ahora los papeles quedaron invertidos. De nuevo giro sobre mí misma para quedar enfrente tuyo, sin moverme de la silla para permanecer lo más cerca posible de ti.

Por momentos gritas, sin energía, todo palabras inteligibles. Cada vez te cuesta más respirar. Y de repente como en un suave suspiro abres los ojos. Esos ojos que un día brillaban e iluminaban el mundo, ojos que un día mostraron felicidad. Ya no les queda nada de aquello, se han vuelto opacos. Fijo mi mirada en tus ojos para murmurar: sé que no sabes quién soy, pero te quiero y jamás te dejaría sola. Sin desviar la mirada, la nostalgia da paso diversos recuerdos que rápidamente invaden por completo mi pensamiento. Esas tardes en el parque, las mañanas de cocina…

De pronto me doy cuenta de que he dejado de respirar. Lágrimas amargas comienzan a brotar de mis ojos, las cuales rápidamente recorren toda mi cara, lo que hace que me mires con dulzura. Por un segundo pareciste recordarme y lo más importante, sentirte en paz. Mi mirada sigue fija en la tuya. Haces una mueca que se asemeja a una sonrisa y lentamente cierras los ojos para echar tu último aliento.

Tu mano deja de sostener la mía y el pecho ya no se mueve al compás del corazón y la respiración. Me levanto de la silla tratando de contener las lágrimas, pero no lo  consigo y me convierto en un mar de lágrimas. No me queda más que darte las gracias por todo.

Como siempre te recordaré...