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jueves, 8 de enero de 2015

El amor huele a moras

Estoy en mi habitación, sentada en la silla delante del escritorio que se encuentra enfrente del vental. Sobre él hay un papel y un bolígrafo azul. A través del vental se puede ver el parque cubierto por un gran manto blanco. Mi mente empieza a divagar en el pasado, me topo con muchos recuerdos pero el más vivo de todos me llega con fuerza...  Sin pensarlo tomo el boli con mi mano derecha y comienzo a escribir.
Todo empezó por el chat, una amiga me dijo que tenía un amigo que me quería conocer y me envió una solicitud de amistad. Yo pensé- Claro, por qué no. Al minuto de aceptar su solicitud el chico me empezó a hablar. Tras varios días de charlas interminables en los que nos contábamos cada detalle de nuestras vidas. Era como si estuvieramos hechos el uno para el otro, como si nos conocieramos de toda la vida. Enseguida se convirtió en mi mejor amigo. Pasadas unas 2 semanas, me pidió que fueramos novios. En ese momento no sabía si estaba preparada para eso. Me arriesgaba a que todo saliera mal y perder a mi mejor amigo, por otra parte, si todo salía bien... Total, que al final me tiré a la piscina y le dije que sí. Con el paso del tiempo terminé de caer en su red. Sí, me enamoré y ese amor fue creciendo a medida que pasaba el tiempo. Ciega de amor no quería escuchar lo que me decían mis amigas - En realidad no te quiere, solo te quiere por los papeles... Cosas de esas, pero yo no quería creerles. La desventaja de todo esto es que aún no lo había conocido en persona puesto que vivíamos cada uno a un lado del charco.
Ahora me rio cuando pienso en aquellos angustiosos pero apasionantes meses. Después de 14 meses de chat, ambos conseguimos reunir el dinero para ir a un país intermedio y así por fin vernos en persona. Me subí a ese avión sin nada más en mi mente que el objetivo de conocer al amor de mi vida, el chico que me completaba. Tras 5 horas de vuelo el avión había aterrizado, nerviosa sentía que mi pulso se aceleraba y empezaba a sudar así que intenté calmarme, saqué mi perfume favorito y enseguida quedé envuelta en un delicioso aroma a moras. Una vez recogida la maleta tocaba cruzar el pasillo que me llevaría a él. Al final del pasillo había una puerta corrediza automática que cada vez que se abría dejaba pasar la luz del sol. Finalmente me armé de valor y crucé el umbral de la puerta, lo cual me dejó ciega durante unos segundos por la gran fuerza del sol a esas horas. En cuanto recuperé la vista, lo primero que vieron mis ojos fue a él con una gran sonrisa y un ramo de rosas blancas. Me acerqué a él y...
Dejo de escribir, siento un aliento tras la nuca, me giro y ahí están esos labios que tan bien conozco. Alcé la vista, no pude resistirme a esos ojazos y como en un impulso eléctrico le besé. El paso del tiempo no ha hecho que su belleza desaparezca, y su espíritu sigue siendo el mismo que el de aquel chico de 20 años que conocí.
A los pocos meses de conocernos, me sorprendió un día tocando el timbre de mi casa. Vino, para quedarse conmigo. A escondidas hizo los papeles para poder venir a mi país. Consiguió trabajo y un piso de alquiler, vernos casi a diario no hizo que cayéramos en la rutina, al contrario, nos sentíamos cada vez mejor finalmente el uno con el otro. Y acabamos casándonos al poco tiempo.
Dentro de poco celebraremos nuestro 30 aniversario junto a toda nuestra familia incluidos nuestros 3 queridos hijos.
Y es que el amor no conoce de fronteras y mientras sea verdadero jamás habrá que rendirse.

~Querido sugar~