Traductor

martes, 4 de noviembre de 2014

La confusión de los sueños


Chof chof chof, suenan los charcos que piso y voy dejando atrás en mi camino mientras una fina capa de lluvia me cubre por completo. La calle huele a humedad y hace un frío que se te cala en los huesos. Está todo muy oscuro, apenas una farola ilumina la estrecha calle. Repentinamente me llega un olor a colonia de chica, no puedo evitar inhalar profundamente, para ver si así me libro del pesado olor a humedad que ahora mismo se mezcla con la colonia y un ligero olor a pis de perro. Esto es asqueroso, pero es lo que tiene andar por este tipo de calles a las 11 de la noche. La calle finaliza dando lugar a una plaza más o menos amplia, aunque con la misma iluminación que la calle que recorría hace unos segundos. En el centro hay un banco de madera, y en él está ella. La luz refleja en sus cabellos dorados, hace que su tez se vea más pálida de lo normal, pero eso consigue resaltar sus grandes labios rojos. El olor a pis de perro desaparece para dar lugar a un olor más fuerte de la colonia que aspiré hace unos minutos. No tengo la menor duda de que esa dulce fragancia proviene de ella. Estoy quieto en medio de la plaza, mirándola, lo que inquietantemente me produce una sensación de frío mayor, aun así me empiezan a sudar las manos y se me acelera el corazón. Ella, que tenía la cabeza bajada, de repente me mira, impasible con una seriedad que desconocía de ella.



Cuando me quise dar cuenta me había llevado a un portal cuyo ascensor estaba averiado. Me invitó a subir unas interminables escaleras, cada cual más irregular. Abrió la puerta de lo que parecía ser su casa. En cuanto entré me inundó una sensación de bienestar que pronto se desvanecería. La casa olía ligeramente a una mezcla de jazmín e incienso. Curiosamente la casa era toda blanca y negra, paredes negras y muebles blancos. La chica de mis sueños está plantada delante de mí y solo lleva un camisón blanco semitransparente que juraría que no llevaba antes de venir aquí, mientras, yo aún estaba con las mismas prendas que tenía en la calle. Su coleta bien peinada ha dado lugar a un pelo suelto y despeinado, quiero creer que estos cambios son para su mayor comodidad, al fin y al cabo está en su casa.
Me coge de la mano, está fría como el hielo y todo mi cuerpo se estremece. Me lleva a una habitación que al contrario de toda la casa, las paredes son blancas y los muebles negros. Me tira sobre la cama, me parece que va a iniciar un juego sexual algo extraño, pero mis pensamientos no se hicieron realidad.

Al segundo me veo medio desnudo, esposado, temblando...
Ella comienza su juego de santería procediendo así con la tortura, mientras algunas partes de mi cuerpo empiezan a desprender sangre su mano fría aprieta con fuerza mi garganta. No puedo respirar, me ahoga. Cierro los ojos lo más fuerte que puedo y cuando los abro estoy en mi cama, mi habitación pero sigo sin poder respirar. Intento moverme y no puedo, mis intentos resultan inútiles, me sigo ahogando aunque no noto nada alrededor de mi garganta. Pestañeo varias veces lo más rápido que puedo pero nada, siento que ya me está llegando el momento, mis pulmones se han quedado sin oxígeno. Cierro los ojos lo más fuerte que puedo y los abro. Me levanto de la cama sofocado, un sudor frío cae por mi frente y mi respiración es agitada. No entiendo nada de lo que ha pasado, pero estoy en mi cuarto. Aunque está oscuro puedo distinguir el armario, la mesilla, la mesa de estudio, la silla... Solo fue un mal sueño, me digo para calmarme. Pero me duele todo el cuerpo y tengo algunas heridas que antes de dormir estoy seguro que no tenía. Me tumbo de nuevo y trato de no pensar en lo sucedido.

Vuelvo a quedarme dormido. Al poco tiempo mis ojos se abren, mi cuarto de nuevo no hay por qué preocuparse. Sin embargo hay algo que no va bien, en mi mesita de noche hay una cara que me mira intento levantarme de la cama para encender la luz pero es inútil. Otra vez inmovilizado sin estar sujeto a nada, ese rostro se acerca lentamente a mí. Ese rostro diabólico que me mira con ojos como platos y que desprende un olor muy fuerte a azufre, aún inmovilizado, lo único que puedo hacer es pestañear. Cuando el rostro está a un palmo de mi cara cierro los ojos y cuando los abro, este se ha esfumado. Ya puedo moverme, sigo en mi cuarto y ya no huele a azufre. Enciendo la luz y todo está en orden.

El sol ilumina lentamente y cada vez más mi ventana, liberándome de todas mis preocupaciones. Es como si sus rayos se llevaran consigo estos malos sueños, proporcionándome paz y tranquilidad.

No entiendo nada, pero me da miedo volver a dormir. El pulso me va demasiado rápido así que trato de relajarme (aún con la luz encendida). Decido levantarme y abrir la ventana, cuando me viene ese olor a azufre que por desgracia se me ha hecho familiar.

Yo ya no sé qué es sueño y qué es realidad.